jueves 28 de mayo de 2009

Guardiola

Ocurrió hace veinte años. Ramón Mendoza fascinó a Milla y se abrió un hueco enorme en el círculo central del Camp Nou. Claro que allí estaba Cruyff y, gracias a Dios, sólo un loco como él habría confiado su destino a la mente prodigiosa por descubrir de un chiquillo imberbe que acariciaba el balón con el pie. La magia perdida de la Naranja Mecánica, la bendita locura del fútbol por el fútbol, retornaba dos décadas después brotando desde las botas de un tal Guardiola. Y, a la par, se reinventaba un Barça que hizo su estilo propio en ese fútbol de memoria que desquicia a sus rivales. Esta noche Puyol ha levantado la Copa de Europa y yo me he vuelto a enamorar del desaliño elegantísimo de Pep. Ya nadie recuerda que dejó el fútbol por doparse.

Guardiola no supo retirarse del fútbol y tuvo que irse a escondidas tras un positivo en el Brescia. Pero nadie ha sabido resucitar mejor. Triplete el año de su estreno, la misma temporada en la que las masas lo querían devorar de aperitivo antes del plato fuerte de Laporta. Todo eso queda lejísimo, a años luz del triunfo de esta noche en Roma, donde Cristiano ha vuelto a besar la arena del Coliseo.
Adoro el fútbol mágico de este Barça que juega como si once Guardiolas tocaran la pelota una y otra vez. Quizá Xavi e Iniesta sean la mejor pareja del mundo y el tapete del Camp Nou la mejor pista de baile. Messi, Eto'o, Henry, el ausente Daniel Alves, al que tanto disfrutamos en Sevilla, Piqué, el capitán Puyol... Adoro esta lucha por la belleza, el arte por el arte, el amor al juego, el desprecio de lo inútil, el elogio de lo imposible. La utopía es el Barça. Empecemos otra vez.